- “¿Trish? ¿Trish?”. Casi once horas y media de viaje y espera en el tren de Aguas Calientes a Cusco te habían dejado exhausta, – “¿Trish?”, solo querías descansar y esas benditas pastillas eran tu perfecto recurso para llamar al sueño. Me asustaste, parecías muerta en ese asiento del tren para turistas extranjeros. Poco a poco fuiste abandonando tu rigidez hasta que reaccionaste y abriste tus ojos. Ya era tarde. La posibilidad de bajar del tren, tomar un taxi y llegar a Cusco más rápido se había esfumado cuando comenzamos a avanzar lenta pero inevitablemente. No recuerdo cuánto tiempo más debía transcurrir hasta la última parada, pero fue un alivio encontrar en la estación a nuestro taxista, el Sr. Hilario Mamani, un hombre bajito pero muy amable y risueño, esperando por nosotros en la noche fría y lluviosa que cubría la estación de Cusco, dispuesto a llevarnos a un hotel seguro y barato.
Un huayco había caído sobre las vías y retuvo nuestro tren por cinco horas, hasta que una cuadrilla de trabajadores terminó de reparar los rieles y despejar el camino. Los chicos japoneses que viajaban junto a nosotros estallaron en risas cuando les dijimos que debíamos esperar tantas horas hasta que pudiéramos continuar nuestro viaje, una reacción inusual y opuesta a la de los demás pasajeros, que simplemente nos miramos desconcertados y resignados a tan larga espera. Habías aprovechado todo el tiempo que el tren estuvo detenido para conversar con tu sobrina, una larga charla cargada de recuerdos, anécdotas, confesiones y algunas lágrimas. Creo que esas cinco horas les sirvieron a ambas para ponerse al día sobre sus vidas. No se habían visto por muchos años y este viaje al Cusco les iba a servir para conocerse un poco.
Habíamos llegado a Cusco en un viaje relámpago en el que íbamos a recorrer el Valle Sagrado, Machu Picchu y la antigua ciudad capital de nuestro imperio. El mal tiempo quería jugar contra nosotros: lluvias prolongadas, trámites burocráticos que nos tomaban horas, trenes que no salían a la hora señalada o se detenían a medio camino. Pero todo eso no podía contra nuestras ganas de disfrutar este viaje al máximo, así que aprovechamos cada minuto que teníamos a nuestro alcance. Pisac fue nuestro primer destino, la asombrosa andenería nos impresionó mucho, así como las desconcertantes flechas que señalizaban el camino (una situación que se repetiría en todas nuestras paradas). Urubamba nos dejó el sabor de una comida muy rápida, pero rica y bien servida; el camino a esta zona de restaurantes estaba plagado de banderitas rojas en las puertas de las casas, que señalaban la venta de chicha de jora por los propietarios del lugar. Lamentablemente nuestros tiempos eran muy cortos y no pudimos bajar a comprar un poco de chicha para llevar a Lima.
Ollantaytambo fue otra de nuestras paradas fugaces pero bien aprovechadas, esta ciudadela sí que me dejó muy impresionado y contento de visitar el Cusco. El paisaje, unido a las siluetas que dibujaban las rocas contra el cielo, por momentos nuboso y azulado y luego rojizo por el atardecer, tenía la fuerza de esas imágenes que se impregnan en la piel y que, como un tatuaje, nunca abandonan nuestros poros. Pero desafortunadamente habíamos llegado a poco de cerrarse las visitas al lugar, así que teníamos que continuar nuestro camino hasta la cercana estación de tren donde debíamos tomar el vagón que nos llevaría al pueblo de Aguas Calientes. Luego de dos largas horas de espera pudimos iniciar viaje, el griterio de unos brasileños borrachos nos mantuvo inquietos todo el viaje, y por fin, al borde de la media noche, llegamos a nuestro destino y comenzamos a buscar nuestro hotel en medio de la lluvia dispuestos a descansar de un día ajetreado.
Fueron pocas horas de sueño en realidad. A la mañana siguiente enrumbamos a Machu Picchu, la lluvia menuda nos prometía un ascenso tranquilo a la alguna vez secreta fortaleza, enclavada en la cima de una montaña junto al río Urubamba. Fue un espectáculo increible. Cuando iniciaron la contrucción de Machu Picchu, los Incas debieron tener en mente un lugar hermoso además de seguro. Aunque el clima nublado no nos permitió observar todo el valle, no era difícil imaginar la impresionante vista que se tiene kilómetros a la redonda desde esa altura. Las confusas flechas azules que habíamos visto en Pisac y Ollantaytambo también nos acompañaron en esta ocasión. Queríamos subir al Huayna Picchu para poder tener una vista completa de la fortaleza desde allí, ya era tarde para ingresar y el cupo de los 200 turistas permitidos por día ya se había alcanzado. Pero un poco de conversación y la oferta de -oh peruano de mi- un pequeño soborno al portero, nos abrió las puertas a la Montaña Joven. Trish había decidido no realizar la agotadora subida, así que optó por quedarse a esperarnos. Llegamos a la cima en menos de 40 minutos, todo un record creo, pero la prometida escena con Machu Picchu de fondo no se pudo realizar, las nubes nos cubrían todo el paisaje y la lluvia comenzó a hacerse cada vez más fuerte. Así y todo fueron breves minutos de descanso, rodeados de personas que habían llegado de otros países y que, como nosotros, ya tenían una historia que contar de su visita al Cusco. Una historia como la de la alucinante mariposa que se cruzó por nuestro camino de subida, sus alas que eran de un color claro se hacían multicolores al moverse y reflejar la luz del día en su superficie, nos dejaron pasmados por unos segundos, la estuvimos observando hasta desaparecer entre la maleza de la montaña, quien sabe si buscando a otros turistas desprevenidos como nosotros. Pasamos unos minutos más en la cima ella y yo, haciendo algunas fotos y tratando de tomar un respiro antes de comenzar el descenso. Solo nos quedaba emprender la vuelta, una vez más, debíamos apurarnos para llegar a tiempo a la estación y tomar el tren de regreso a Cusco.
Como dije, luego de la odisea de once horas y media, llegamos a Cusco muy cansados. Dormimos hasta el medio día, salimos a comer algo y a recorrer algunos lugares de la ciudad como la Iglesia de la Compañía ubicada en la misma Plaza de Armas, el barrio de San Blas y el Museo de Arte Contemporáneo. Cenamos en un restaurante irlandés e hicimos tiempo caminando un poco hasta que se hiciera la hora de volver al hotel y dormir. Nuestro vuelo a Lima salía muy temprano. Aún con el frío de la mañana, la ciudad empedrada estaba muy tranquila y el mal tiempo parecía haber amainado para que pudiéramos tomar nuestro avión sin problemas. Y así fue, tuvimos un regreso muy tranquilo. El sol de Lima nos recibió nuevamente. Seguramente Trish va a recordar y comentar este viaje por mucho tiempo, nosotros también y creo que a ella aún más.
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Etiquetas: Fotografía, Perú, Rutas, Viajes



abril 10, 2009 a las 5:41 am
un viaje bonito. me gusta leerlo.