El Norte

Para escuchar con “So Long, Marianne” (Leonard Cohen).

Renovar una visa puede ser la excusa perfecta para hacer un viaje. Ponerte un sello en el pasaporte y dar una vuelta por un país vecino. Simple. Tan simple como hacer las maletas y no saber exactamente dónde te vas a hospedar. Visa nueva y una parada en un bonito país como Ecuador. Concretamente a Guayaquil y Cuenca, luego, de regreso a casa, Tumbes y Máncora.

Decidimos salir del Perú –como dije- para renovar una visa. Poner un nuevo sello en el pasaporte y obtener 180 nuevos días de prórroga. Salimos rumbo a la estación una tarde calurosa de abril, recuerdo que nos quedamos sorprendidos porque el interior del taxi que nos llevó a la estación era más sofocante que la cabina de mi viejo auto soviético.

Ganar un bingo en el bus camino a Ecuador no es cosa que pase todos los días. El premio: un viaje gratis de retorno a Lima. Pero no todo tenía que ser color de rosa: un impertinente gusanito se había instalado en el interior de la papa sancochada que Skyler recibió para su cena. Primer consejo: abran bien los ojos y las papas sancochadas de la cena del bus, avión, tren o cualquier medio de transporte que los agasaje con comida de concesionario, no saben con qué sorpresa se podrían encontrar.

Llegada sin problemas a Tumbes. Desde esta ciudad se tiene que tomar un taxi hasta el puesto de policía en la frontera: Aguas Verdes. Pero a partir de aquí, presten atención. Segundo consejo: en la oficina de aduana de la frontera, se van a encontrar con supuestos tramitadores que les ofrecen hacer más fácil el llenado de los documentos de salida, no les hagan caso. Llenar una hoja de salida y sellar el pasaporte es tremendamente sencillo, como que uno más uno es dos. Y si les dicen que el camino a la frontera es jugar con sus vidas, que hay asaltos o cosas peores, y que ellos pueden darles seguridad a cambio de un sencillo, tampoco se dejen sorprender. Nosotros preferimos cruzar al lado ecuatoriano por nuestra cuenta. Nada más tranquilo. Con decirles que ni nos dimos cuenta del momento en que abandonamos el Perú y llegamos a Huaquillas en el lado ecuatoriano.

Cuando cruzas la frontera tienes que tomar un taxi hasta el puesto policial de Ecuador, donde sellan los pasaportes y te dan una visa de entrada a ese país. Un peruano puede ingresar libremente con solo presentar su DNI, pero en este caso yo también quería sellar mi pasaporte así que matamos dos pájaros de un tiro.

Una vez que se terminaron los trámites, había que encontrar un bus que nos llevara a Guayaquil. Usualmente tienes que regresar al centro de Huaquillas para buscar alguna agencia de buses o combis donde embarcarte. En nuestro caso, tuvimos suerte, un bus casi vacío que iba en dirección a Guayaquil nos esperaba nada más saliendo de la oficina de frontera. Costo del pasaje: cinco dólares.

Cinco dólares y cinco horas de viaje. Cinco horas viendo pasar platanales a un lado y otro del camino. Ecuador debe ser el primer exportador de bananas del mundo, ¡qué manera de cultivar plátanos! Bueno, tal vez exagero, solo vimos chacras de plátanos por tres o cuatro horas, nada más.

Ya en Guayaquil, lo primero que te impresiona es el terrapuerto, un lugar enorme con tiendas y patio de comidas, desde el que te puedes embarcar a cualquier lugar del Ecuador. Ubicado a las afueras de la ciudad y junto al aeropuerto, está a solo 10 minutos del centro de Guayaquil.

En Guayaquil se encontraron San Martín y Bolivar

Guayaquil está ubicado a orillas del río Guayas En sus riberas, la ciudad ha construido un malecón muy bien diseñado, en el que te puedes pasear, hacer compras o simplemente pasar un rato con los amigos o la familia. El centro de la ciudad es la avenida 9 de octubre, su centro financiero y comercial. Allí se encuentra el hotel del mismo nombre, donde nos hospedamos. Precios cómodos y buenas instalaciones. Tercer consejo: Ecuador es un país dolarizado, los pagos de comida, hotel o transporte se hacen en moneda norteamericana. El problema surge cuando tienes que pagar tu hospedaje con un billete de $ 100.00, un dilema, la única solución es llevar muchos billetes de baja denominación o cambiar tus 100 dólares en el Banco Central, que para nuestra mala fortuna no estaba abierto (sábado, tres de la tarde), justo cuando más lo necesitábamos. Felizmente, un empleado del museo de Guayaquil nos hizo el cambio a billetes más pequeños, y así pudimos pagar el hotel y comprar cosas para seguir el viaje.

Luego de pasear por el malecón, nos sentamos una tarde en un parquecito muy curioso habitado por docenas de iguanas, el parque Seminario. En este lugar los animales deambulan libremente por las bancas y los árboles del parque y son la delicia de las familias y turistas que pasean por la ciudad. A unas cuadras de allí el mercado de la ciudad, con sus puestos de venta y su ruido, se parece algo al Polvos Azules de nuestra Lima.

Ah, me olvidaba, el transporte en Guayaquil tiene una versión del Metropolitano de nuestra pobre capital, solo que en este caso sí funciona.

Una vista de la plaza central de Cuenca

Nos embarcamos rumbo a Cuenca a golpe del medio día. Llegamos ya entrada la noche a un hotelito con aspecto de casona antigua, donde tuvimos que dormir abrazados para no sentir el frío de la sierra que penetraba por los agujeros del techo y las ventanas. A la mañana siguiente no lo pensamos dos veces y nos mudamos a un hotel cercano, cuyas paredes amarillas le llenaron los ojos a Skyler, ¡hombre, como si no fuera corriente encontrar hoteles con todas las paredes pintadas de amarillo!

Ese mismo día Cuenca celebraba un aniversario más de su independencia. Las calles principales de la ciudad estaban cerradas al tránsito y los desfiles de los colegios alegraban la ocasión. Cuenca es muy parecida a cualquier ciudad de la sierra peruana, con sus callecitas estrechas, clima seco, mucho sol, copos de algodón volando por los cielos, gente agradable.

Como quiera que Cuenca nos pareciera bonita, pensamos que pasar un día en la playa sería una buena idea, total, el verano no quería dejarnos. Así que decidimos volver al Perú para pasar un día en Máncora. Cuarto consejo: no se dejen embaucar y sigan el segundo consejo. Nuevamente sellado de pasaportes, justo lo que quería Skyler, 180 días más de estancia en el Perú, eso hubiera sido magnífico ¿verdad honeypie?

Una noche y medio día en Tumbes para el olvido, tal vez en otra ocasión podamos pasear por los manglares o sus playas. Lo que sí: el malecón tumbesino es una visión pálida de su par guayaquileño.

En Máncora los y las surfers se divierten hasta caer la tarde.

Llegamos a Máncora en nuestra última parada antes de volver a Lima. El Loki estaba repleto, felizmente encontramos un hotel con lo básico para pasarla cómodos. La impresión que tengo del balneario es que hay diferencias marcadas entre la zona dedicada a los turistas y la de los vecinos que tienen que seguir caminando por un camino de tierra hasta desde la carretera hasta sus casas o la playa. Muchos han adaptado sus casas para ofrecer servicios de hospedaje o restaurantes. En este momento la municipalidad está avanzando la construcción de un mini-malecón a orillas del mar, justo frente al hotel donde nos hospedamos, vaya uno a saber cómo va a terminar esa obra. Lo que faltaba para obstruir la vista de la playa y los atardeceres que son muy bonitos en Máncora.

Creo que no han sido muchas las veces que he disfrutado un tiempo en la playa. Usualmente terminábamos matando la resaca echados en la arena después de celebrar algo que valiera la pena. Pero este mar no tiene comparación con el mar limeño. El agua es todavía claramente limpia, tibia y las olas mansas. Puedes ver a los surfistas corriendo olas hasta que ya no hay más luz para guiarse. Puedes sentarte en la arena y disfrutar de la vista sin las grandes aglomeraciones de gente que hay en las playas del sur de Lima. Los cangrejos y grillos se pasean por la arena, escurridizos y tímidos, listos para saltar los unos sobre los otros.

Una pena no poder quedarse más tiempo disfrutando de Máncora. Una pena que no pudieras quedarte más tiempo en Perú. Tienes un pasaporte lleno de sellos, el de ingreso a mi país es el que más te gusta, creo. Nos vemos pronto, nena. Mientras tanto disfruta de las fotos.


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