TARMA. La Perla y el General con suerte

junio 17, 2017

Primer día

Cuando el dictador Manuel Odría dejó este mundo, toda Tarma se dispuso a rendir homenaje a su hijo más conocido, aunque, para muchos en el resto del país, no el más ilustre. No era para menos, el general les había dejado dos grandes colegios, el Hotel de Turistas, la Municipalidad y un hospital, sin mencionar una nueva catedral donde finalmente sería enterrado, con pompa, cerca al altar mayor.

Después de mucho tiempo lograba salir de Lima. Este viaje a Tarma fue un break para el funcionario público que reclamaba revivir la sensación de la partida, de llegar a la estación a esperar el bus, de esas ganas de ver un cielo azul profundo en contrapunto con nubes de un blanco puro, de tomar una mano cálida y pasear viendo cómo unos cabellos largos y negros azotaban al paso del viento.

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una vista de la Plaza de Armas de Tarma

Era el primer viaje que hacíamos juntos. Su gusto por los libros había terminado por hacer que ella me guste. Ese “Hola lectores…” al inicio de sus vídeos era una frase que me invitaba a volver a meterme en el mundo de los libros, a esa afición que había dejado, al igual que los viajes, olvidada entre informes y posts en redes sociales. Era -es- alta, esbelta, guapa, con muchos sueños en la agenda; sus manos, sus dedos delgados y largos jugando a ordenar su cabello, eran imágenes que aparecían con frecuencia en mi mente.

 

Yo volvía después de mucho tiempo a Tarma. Recordaba sus paisajes y ese viaje que hice en Semana Santa con los amigos de la universidad, hacía muchos años. Además, siendo un feriado largo (de los que a veces puedes aprovecharte durante el año), podíamos usarla como punto de partida de tours que nos llevarían a la sierra y la ceja de selva más cercana.

Tarma, ¿de dónde viene ese nombre? Muchos intentaron alcanzar una respuesta. Lo cierto es que para responder preguntas como esta hay que bucear mucho en la historia y en las lenguas del Perú más antiguo, algo que, por cierto, estoy lejos de poder hacer seriamente en este momento. Solo diré que son casi seis horas de viaje desde Lima, subiendo y bajando la cordillera; hay varias empresas que te acercan a esta ciudad de la región Junín, unas mejores que otras en términos de costo y comodidad. Nosotros viajamos en Movil Tours porque me enteré que estaban inaugurando una nueva flota de buses, y los S/ 40 soles del pasaje por persona hasta Tarma parecían cumplir con las tres b que todos queremos encontrar: bueno, bonito y barato.

Aunque pudiera haber mejores lugares para quedarse, la habitación del hotel El Dorado nos dejó conformes. Iba a ser el centro de las salidas que haríamos a otros lugares. El aire de veneración a la figura del dictador, como en otros lugares de la ciudad, se sentía también en la recepción del hotel, donde se exhibe una gran foto del general en traje de civil, elegante, con los brazos extendidos sobre una mesa. Todo un personaje.

Habíamos llegado antes de amanecer, y luego de instalarnos y de tomar un desayuno continental (ya saben, jugo de frutas, café con leche y algo para acompañar el rico pan chapla que nunca falta en las casas de nuestra sierra), salimos a caminar en busca de una movilidad que nos lleve a San Pedro de Cajas.

Pasear por los mercados del lugar que visitas te da una idea de lo ajetreado o apacible que este puede ser. Tarma es una de esas ciudades de la sierra peruana a la que llegan comerciantes de los distritos o provincias cercanas a instalar sus puestos de venta de papas, maíz, flores, pan recién horneado, frutas, verduras y hortalizas que traen desde la misma chacra. No me cuesta imaginarlos preparándose en la madrugada para salir con los sacos repletos de lo mejor de su trabajo, subiéndose al camión y, mientras avanzan por los caminos afirmados de este gran país, ver amanecer el día lentamente.

Mercado en Tarma, Perú

una vista del mercado de Tarma

De hecho, el mercado de Tarma ocupa varias calles. Es un conjunto heterogéneo de puestos colocados sobre la pista, decenas de comerciantes de distintos rubros se ubican por orden de llegada tratando de atraer a los compradores con sus precios de oferta, o bien haciendo notar lo fresco que están sus productos; “compre casero” -me dice una mujer joven- “pan recién horneadito”, había que aprovechar, un poco de pan para el camino no nos iba a ir mal. Y la mochila se llenó de ese olor tan particular del pan serrano.

El paradero de las camionetas que salían a la campiña tarmeña quedaba cerca al mercado en un terreno amplio con piso de tierra, junto al río que atraviesa la ciudad. Mientras esperábamos que nuestro transporte se llenara de pasajeros, vi al fondo del galpón una serie de jaulas llenas de gallos de pelea que miraban pasar a la gente sin preocupación, tal vez solo esperando la comida de la mañana o la hora de salir a pelear.

Queríamos que nuestra primera salida fuera a San Pedro de Cajas, un pueblo de artesanos textiles, famoso por sus tapices de distintos tamaños y estilos, producidos por maestros que se han ganado un prestigio en base a su creatividad y años de trabajo. Sin embargo, al llegar al pueblo, por alguna razón, ese día no pudimos encontrar un taller abierto, tal vez el feriado no nos estaba jugando bien. De hecho, todo el pueblo lucía desierto. Solo nos dio tiempo para dar un paseo por algunos terrenos de cultivo que se prolongaban interminablemente por las montañas. Al final, en la plaza principal, la calma del mediodía nos decidió a seguir nuestra ruta, al próximo lugar que queríamos visitar.

Conseguir una movilidad a la Cueva de Huagapo, nuestra siguiente parada, resultó tarea complicada, tuvimos que esperar un buen rato para que la camioneta que nos llevaría hasta allí, complete las 5 personas que usualmente debe tener para salir del pueblo. Transitamos un camino terroso, flanqueado por chacras cubiertas de flores, hasta esta cueva que se supone es una de las más profundas América. Es interesante ver cómo han conseguido identificar figuras de animales, hombres y mujeres, en las formaciones de rocas que encuentras a lo largo del recorrido interno de la cueva. Son decenas de metros de cámaras subterráneas unidas por escaleras o incluso cuerdas y que terminan allí donde solo los exploradores más avezados se animan a continuar. Saliendo de la cueva puedes comer un riquísimo plato de truchas fritas en alguno de los restaurantes al paso que encuentras cerca de allí, hasta tienes la posibilidad de elegir el pez que te vas a comer. Terminar un plato de trucha frita es fácil, lo difícil, otra vez, es encontrar una movilidad de regreso a Tarma, haciendo una escala en Acobamba para visitar el santuario del Sr. de Muruhuay.

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salida a San Pedro de Cajas

Cuántas veces te has topado con la tolva de un camión o el parabrisas de un bus que lleva la inscripción “Guíame Sr. de Muruhuay”, cientos, ¿verdad? No soy un tipo religioso, pero una de las paradas obligadas en el camino de regreso a Tarma es el santuario del Señor de Muruhuay, un templo que alberga una pared de roca con la imagen grabada del Cristo crucificado que se supone es muy milagrosa. Saliendo del templo, nos dio mucha hambre y felizmente el Sr. de Muruhuay nos guio hasta un restaurante donde pudimos comer una pachamanca muy buena. Terminada la cena, tuvimos que caminar un trecho para encontrar una movilidad que nos llevara de vuelta a Tarma, sin darnos cuenta, la tarde nos había caído encima y nuestra primera noche en esta ciudad se acercaba.

Segundo día

Al día siguiente, preparar la salida a un nuevo lugar nos tomó un tiempo. Decidir entre ir a la ceja de selva o las alturas de la sierra no es cosa fácil. Decidimos ir a conocer las cataratas, montes y comunidades nativas que todavía puedes encontrar cerca de las ciudades del interior del país, la selva más explorada y frecuentada -por los turistas- de la zona central del país. En primer lugar, llegar a Carpapata, desde donde puedes ver la división entre las últimas montañas de la sierra y el inicio de la selva, además de una pequeña placa en el piso, que testimonia la importancia turística del lugar. Algo para recordar, clic.

Luego, nos embarcamos hacia una de las tantas cataratas “Velo de la Novia” a la que llegan los turistas por centenares. Una caída de agua de 30 o 40 metros de altura, con una poza en la que puedes nadar o remojarte los pies si quieres. Familias enteras aprovechan los días festivos para salir a visitar estos lugares que pronto formarán parte de sus recuerdos, ellos deben ocupar un espacio de ese imaginario referido a la selva: agua saltando desde la cima de un cerro en medio del monte, a la que llegas después de caminar unos veinte minutos y que sirve de fondo para la foto grupal o el selfie.

Almorzamos en un restaurante junto a la carretera, ese venado típico de la selva que a veces parece carne de res común y corriente. Terminada la comida, partimos a encontrarnos con la comunidad nativa de Pampa Michi, un rezago de los antiguos ashánincas que sobreviven entre las ciudades de la selva central. Recuerdo haber comprado un suvenir algo extraño, una polilla disecada que el artesano había enmarcado en madera para ser colgada en la pared. Pero nunca me animé a mostrarlo así en el departamento -tal vez me di cuenta que no era tan bonito como me pareció en un primer momento- así que con el tiempo lo regalé, no recuerdo a quien.

Por último, para los cafeteros, una visita a una empresa productora de café en La Merced, en la que puedes encontrar muchas marcas y tipos de productos hechos a base de este cultivo: desde grano seleccionado en diversas calidades y precios, hasta licor de café. Las últimas compras fueron el preludio del regreso a Tarma, un pollo a la brasa en la ciudad para irnos a dormir tranquilos, y al día siguiente preparar una última salida.

Tercer día

Se celebraba un aniversario más del combate de Angamos y con ella salí a recorrer las calles de Tarma sin saber exactamente qué íbamos a hacer durante el día. Nos divertimos viendo el desfile de niños vestidos como comandos del ejército o enfermeras de algún hospital de campaña. Eran cuadras enteras de escolares que marchaban lo más marcialmente posible, sin perder la sonrisa, me dio la sensación de que en realidad eran conscientes de que esto era una pantomima, una representación y que estaba bien tomarlo como un juego.

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San Pedro de Cajas

Ocurrió que un profesor de colegio -que era además guía turístico- nos propuso unirnos al grupo con el que iba a salir hacia San Pedro de Cajas, el pueblo de los artesanos textiles. Y hacia allá fuimos. En el camino, cubierto de un limpio azul y tachonado de nubes blanquísimas, pudimos ver alpacas en libertad, caminando por la meseta terrosa que en realidad ofrecía poco de comer a estos animales. En un momento del viaje se me ocurrió bajar y tomar fotos desde un punto más cercanos a la manada, al volver al vehículo pisé mal y resbalé, tuve una caída aparatosa sobre mi cámara, que pareció soportar el golpe, solo más tarde me di cuenta que el lente se había dañado. Como sea, este percance no iba a impedir que siguiéramos disfrutando el viaje. Al poco rato San Pedro de Cajas se apareció frente a nosotros, esta vez con los talleres abiertos. Pero antes hicimos una parada en el Cachipozo u Cachipuquio, un lugar donde dos pozos de agua salada son la atracción principal. La historia de dos desafortunados amantes convertidos en esas fosas nos la transmitió el profesor-guía, mientras hacíamos un pago a la tierra con hojas de coca que dejamos en una hornacina en la pared que rodea el sitio.

Parte del tour consistía en visitar el lugar de trabajo del Sr. Elías, uno de los artesanos más conocidos del pueblo. Él y su familia se han dedicado por mucho tiempo al arte de los textiles, de alguna manera da gusto ver que la tradición continúa con el trabajo de sus hijas, las que ya comienzan a vender sus primeras piezas hechas bajo la supervisión de su padre. Una de las aficiones de los turistas culturales es adquirir un objeto que saben que con el tiempo tendrá un valor añadido, algo que formará parte de la historia familiar, y que eventualmente heredarán los hijos que lleguen… si llegan. Así que compré un tapiz que podía colgar de la pared de la sala o el cuarto. El trato incluía que el Sr. Elías lo llevara a Lima para completarle el adelanto que dejé por su obra.

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en el taller de textiles del Sr. Elías

 

Epílogo

La mañana del último día la dedicamos a comprar en el mercado lo que llevaríamos a nuestras familias en Lima, panes y cancha serrana, papas o tamalitos dulces. Fue el primer viaje de un camino que habíamos empezado juntos meses atrás y que se prolonga hasta ahora. Una ligera lluvia nos llevó más rápido al terminal de buses, desde el que saldríamos con dirección a Lima horas después.

Lo interesante de este post es que es el reinicio de las crónicas que había dejado de escribir hacía mucho tiempo. Espero seguir con la relación de mi último viaje, esta vez uno internacional.

Lima, 2017.

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Selva y Sierra central, el último reducto.

junio 27, 2012
velo de la novia

Catarata Velo de la Novia

El río Huallaga se adentra en la selva de Yurimaguas y deja una estela de meandros que el bote a motor recorre rápidamente, hasta los pueblos más alejados de la provincia de Alto Amazonas. Una hora, dos horas, tres. Los colonos han llegado hasta allí mucho antes que nosotros, se tomaron su tiempo para allanar una porción de tierra, sembraron árboles frutales, criaron animales y pescaron lo que el río trajo a la orilla para alimentar a sus familias.

– “Yo tengo mi maridito”. Dijo ella mientras una nube rajaba el cielo y el viento levanta diminutas olas a lo ancho del río. Era hija de colonos y había nacido en plena selva. Montada al frente de la embarcación, parecía un mascarón de proa vivo oteando el horizonte. Ella y su hijo se acomodaroen en el bote y nos hicieron compañía hasta llegar a ese pueblito del que no recuerdo el nombre. Tampoco recuerdo el nombre de ella. Tenía 16 y se había casado dos años antes. Llegué a la Selva gracias a un trabajo que me cayó del cielo y que me prometía un tiempo lejos de Lima.

Niñas de una comunidad en La MercedComencé recorriendo la ceja de selva: Chachapoyas, Moyobamba, Tarapoto y ahora Yurimaguas, el último punto donde se puede llegar en auto antes de comenzar a hacer todos los viajes por barco. Luego mi camino seguiría hasta La Merced, Satipo, Tarma y Huancayo, donde los paisajes cambiarían por el cielo azul de la sierra y el aroma del café de la ceja de selva.

Flor Bastón de la Reina

Flor Bastón de la Reina

Pasé el día trabajando y viendo a los niños divirtiéndose correteando por el monte. Sus padres trabajaban en las chacras, macheteando. Las mujeres pasaban las mañanas cocinando los pescados que reventaban las redes de los pescadores y que iban a ser vendidos en la ciudad.

Volví a subir al bote y ese lugar se hizo olvido. En la oscuridad de la noche pude ver por primera vez a lo lejos, flotando en el espacio, la Cruz del Sur. El camino a Yurimaguas se hizo más corto y los trazos de las estrellas sobre el agua me recordaron las luces de la ciudad cuando te acercas a ella desde una carretera. Pequeñas gotas de agua comenzaron a caer sobre nosotros. De pronto estábamos en medio de un aguacero y las ganas de volver a puerto cedieron a las ganas de volver a dormir en mi cama.

GALERÍA DE FOTOS DE SELVA Y SIERRA CENTRAL, EL ÚLTIMO REDUCTO

El Norte

julio 1, 2010

Para escuchar con “So Long, Marianne” (Leonard Cohen).

Renovar una visa puede ser la excusa perfecta para hacer un viaje. Ponerte un sello en el pasaporte y dar una vuelta por un país vecino. Simple. Tan simple como hacer las maletas y no saber exactamente dónde te vas a hospedar. Visa nueva y una parada en un bonito país como Ecuador. Concretamente a Guayaquil y Cuenca, luego, de regreso a casa, Tumbes y Máncora. Decidimos salir del Perú –como dije- para renovar una visa. Poner un nuevo sello en el pasaporte y obtener 180 nuevos días de prórroga. Salimos rumbo a la estación una tarde calurosa de abril, recuerdo que nos quedamos sorprendidos porque el interior del taxi que nos llevó a la estación era más sofocante que la cabina de mi viejo auto soviético. Ganar un bingo en el bus camino a Ecuador no es cosa que pase todos los días. El premio: un viaje gratis de retorno a Lima. Pero no todo tenía que ser color de rosa: un impertinente gusanito se había instalado en el interior de la papa sancochada que Skyler recibió para su cena. Primer consejo: abran bien los ojos y las papas sancochadas de la cena del bus, avión, tren o cualquier medio de transporte que los agasaje con comida de concesionario, no saben con qué sorpresa se podrían encontrar. Llegada sin problemas a Tumbes. Desde esta ciudad se tiene que tomar un taxi hasta el puesto de policía en la frontera: Aguas Verdes. Pero a partir de aquí, presten atención. Segundo consejo: en la oficina de aduana de la frontera, se van a encontrar con supuestos tramitadores que les ofrecen hacer más fácil el llenado de los documentos de salida, no les hagan caso. Llenar una hoja de salida y sellar el pasaporte es tremendamente sencillo, como que uno más uno es dos. Y si les dicen que el camino a la frontera es jugar con sus vidas, que hay asaltos o cosas peores, y que ellos pueden darles seguridad a cambio de un sencillo, tampoco se dejen sorprender. Nosotros preferimos cruzar al lado ecuatoriano por nuestra cuenta. Nada más tranquilo. Con decirles que ni nos dimos cuenta del momento en que abandonamos el Perú y llegamos a Huaquillas en el lado ecuatoriano. Cuando cruzas la frontera tienes que tomar un taxi hasta el puesto policial de Ecuador, donde sellan los pasaportes y te dan una visa de entrada a ese país. Un peruano puede ingresar libremente con solo presentar su DNI, pero en este caso yo también quería sellar mi pasaporte así que matamos dos pájaros de un tiro. Una vez que se terminaron los trámites, había que encontrar un bus que nos llevara a Guayaquil. Usualmente tienes que regresar al centro de Huaquillas para buscar alguna agencia de buses o combis donde embarcarte. En nuestro caso, tuvimos suerte, un bus casi vacío que iba en dirección a Guayaquil nos esperaba nada más saliendo de la oficina de frontera. Costo del pasaje: cinco dólares. Cinco dólares y cinco horas de viaje. Cinco horas viendo pasar platanales a un lado y otro del camino. Ecuador debe ser el primer exportador de bananas del mundo, ¡qué manera de cultivar plátanos! Bueno, tal vez exagero, solo vimos chacras de plátanos por tres o cuatro horas, nada más. Ya en Guayaquil, lo primero que te impresiona es el terrapuerto, un lugar enorme con tiendas y patio de comidas, desde el que te puedes embarcar a cualquier lugar del Ecuador. Ubicado a las afueras de la ciudad y junto al aeropuerto, está a solo 10 minutos del centro de Guayaquil.

En Guayaquil se encontraron San Martín y Bolivar

Guayaquil está ubicado a orillas del río Guayas En sus riberas, la ciudad ha construido un malecón muy bien diseñado, en el que te puedes pasear, hacer compras o simplemente pasar un rato con los amigos o la familia. El centro de la ciudad es la avenida 9 de octubre, su centro financiero y comercial. Allí se encuentra el hotel del mismo nombre, donde nos hospedamos. Precios cómodos y buenas instalaciones. Tercer consejo: Ecuador es un país dolarizado, los pagos de comida, hotel o transporte se hacen en moneda norteamericana. El problema surge cuando tienes que pagar tu hospedaje con un billete de $ 100.00, un dilema, la única solución es llevar muchos billetes de baja denominación o cambiar tus 100 dólares en el Banco Central, que para nuestra mala fortuna no estaba abierto (sábado, tres de la tarde), justo cuando más lo necesitábamos. Felizmente, un empleado del museo de Guayaquil nos hizo el cambio a billetes más pequeños, y así pudimos pagar el hotel y comprar cosas para seguir el viaje. Luego de pasear por el malecón, nos sentamos una tarde en un parquecito muy curioso habitado por docenas de iguanas, el parque Seminario. En este lugar los animales deambulan libremente por las bancas y los árboles del parque y son la delicia de las familias y turistas que pasean por la ciudad. A unas cuadras de allí el mercado de la ciudad, con sus puestos de venta y su ruido, se parece algo al Polvos Azules de nuestra Lima. Ah, me olvidaba, el transporte en Guayaquil tiene una versión del Metropolitano de nuestra pobre capital, solo que en este caso sí funciona.

Una vista de la plaza central de Cuenca

Nos embarcamos rumbo a Cuenca a golpe del medio día. Llegamos ya entrada la noche a un hotelito con aspecto de casona antigua, donde tuvimos que dormir abrazados para no sentir el frío de la sierra que penetraba por los agujeros del techo y las ventanas. A la mañana siguiente no lo pensamos dos veces y nos mudamos a un hotel cercano, cuyas paredes amarillas le llenaron los ojos a Skyler, ¡hombre, como si no fuera corriente encontrar hoteles con todas las paredes pintadas de amarillo! Ese mismo día Cuenca celebraba un aniversario más de su independencia. Las calles principales de la ciudad estaban cerradas al tránsito y los desfiles de los colegios alegraban la ocasión. Cuenca es muy parecida a cualquier ciudad de la sierra peruana, con sus callecitas estrechas, clima seco, mucho sol, copos de algodón volando por los cielos, gente agradable. Como quiera que Cuenca nos pareciera bonita, pensamos que pasar un día en la playa sería una buena idea, total, el verano no quería dejarnos. Así que decidimos volver al Perú para pasar un día en Máncora. Cuarto consejo: no se dejen embaucar y sigan el segundo consejo. Nuevamente sellado de pasaportes, justo lo que quería Skyler, 180 días más de estancia en el Perú, eso hubiera sido magnífico ¿verdad honeypie? Una noche y medio día en Tumbes para el olvido, tal vez en otra ocasión podamos pasear por los manglares o sus playas. Lo que sí: el malecón tumbesino es una visión pálida de su par guayaquileño.

En Máncora los y las surfers se divierten hasta caer la tarde.

Llegamos a Máncora en nuestra última parada antes de volver a Lima. El Loki estaba repleto, felizmente encontramos un hotel con lo básico para pasarla cómodos. La impresión que tengo del balneario es que hay diferencias marcadas entre la zona dedicada a los turistas y la de los vecinos que tienen que seguir caminando por un camino de tierra hasta desde la carretera hasta sus casas o la playa. Muchos han adaptado sus casas para ofrecer servicios de hospedaje o restaurantes. En este momento la municipalidad está avanzando la construcción de un mini-malecón a orillas del mar, justo frente al hotel donde nos hospedamos, vaya uno a saber cómo va a terminar esa obra. Lo que faltaba para obstruir la vista de la playa y los atardeceres que son muy bonitos en Máncora. Creo que no han sido muchas las veces que he disfrutado un tiempo en la playa. Usualmente terminábamos matando la resaca echados en la arena después de celebrar algo que valiera la pena. Pero este mar no tiene comparación con el mar limeño. El agua es todavía claramente limpia, tibia y las olas mansas. Puedes ver a los surfistas corriendo olas hasta que ya no hay más luz para guiarse. Puedes sentarte en la arena y disfrutar de la vista sin las grandes aglomeraciones de gente que hay en las playas del sur de Lima. Los cangrejos y grillos se pasean por la arena, escurridizos y tímidos, listos para saltar los unos sobre los otros. Una pena no poder quedarse más tiempo disfrutando de Máncora. Una pena que no pudieras quedarte más tiempo en Perú. Tienes un pasaporte lleno de sellos, el de ingreso a mi país es el que más te gusta, creo. Nos vemos pronto, nena. Mientras tanto disfruta de las fotos.

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Cusco, y nuestra nave va…

marzo 30, 2009

– “¿Trish? ¿Trish?”. Casi once horas y media de viaje y espera en el tren de Aguas Calientes a Cusco te habían dejado exhausta, – “¿Trish?”, solo querías descansar y esas benditas pastillas eran tu perfecto recurso para llamar al sueño. Me asustaste, parecías muerta en ese asiento del tren para turistas extranjeros. Poco a poco fuiste abandonando tu rigidez hasta que reaccionaste y abriste tus ojos. Ya era tarde. La posibilidad de bajar del tren, tomar un taxi y llegar a Cusco más rápido se había esfumado cuando comenzamos a avanzar lenta pero inevitablemente. No recuerdo cuánto tiempo más debía transcurrir hasta la última parada, pero fue un alivio encontrar en la estación a nuestro taxista, el Sr. Hilario Mamani, un hombre bajito pero muy amable y risueño, esperando por nosotros en la noche fría y lluviosa que cubría la estación de Cusco, dispuesto a llevarnos a un hotel seguro y barato.

un poquito de nubes para amenizar el día

un poquito de nubes para amenizar el día

Un huayco había caído sobre las vías y retuvo nuestro tren por cinco horas, hasta que una cuadrilla de trabajadores terminó de reparar los rieles y despejar el camino. Los chicos japoneses que viajaban junto a nosotros estallaron en risas cuando les dijimos que debíamos esperar tantas horas hasta que pudiéramos continuar nuestro viaje, una reacción inusual y opuesta a la de los demás pasajeros, que simplemente nos miramos desconcertados y resignados a tan larga espera. Habías aprovechado todo el tiempo que el tren estuvo detenido para conversar con tu sobrina, una larga charla cargada de recuerdos, anécdotas, confesiones y algunas lágrimas. Creo que esas cinco horas les sirvieron a ambas para ponerse al día sobre sus vidas. No se habían visto por muchos años y este viaje al Cusco les iba a servir para conocerse un poco. Habíamos llegado a Cusco en un viaje relámpago en el que íbamos a recorrer el Valle Sagrado, Machu Picchu y la antigua ciudad capital de nuestro imperio. El mal tiempo quería jugar contra nosotros: lluvias prolongadas, trámites burocráticos que nos tomaban horas, trenes que no salían a la hora señalada o se detenían a medio camino. Pero todo eso no podía contra nuestras ganas de disfrutar este viaje al máximo, así que aprovechamos cada minuto que teníamos a nuestro alcance. Pisac fue nuestro primer destino, la asombrosa andenería nos impresionó mucho, así como las desconcertantes flechas que señalizaban el camino (una situación que se repetiría en todas nuestras paradas). Urubamba nos dejó el sabor de una comida muy rápida, pero rica y bien servida; el camino a esta zona de restaurantes estaba plagado de banderitas rojas en las puertas de las casas, que señalaban la venta de chicha de jora por los propietarios del lugar. Lamentablemente nuestros tiempos eran muy cortos y no pudimos bajar a comprar un poco de chicha para llevar a Lima.

las nubes y el hermoso cielo del Cusco

las nubes y el hermoso cielo del Cusco

Ollantaytambo fue otra de nuestras paradas fugaces pero bien aprovechadas, esta ciudadela sí que me dejó muy impresionado y contento de visitar el Cusco. El paisaje, unido a las siluetas que dibujaban las rocas contra el cielo, por momentos nuboso y azulado y luego rojizo por el atardecer, tenía la fuerza de esas imágenes que se impregnan en la piel y que, como un tatuaje, nunca abandonan nuestros poros. Pero desafortunadamente habíamos llegado a poco de cerrarse las visitas al lugar, así que teníamos que continuar nuestro camino hasta la cercana estación de tren donde debíamos tomar el vagón que nos llevaría al pueblo de Aguas Calientes. Luego de  dos largas horas de espera pudimos iniciar viaje,  el griterio de unos brasileños borrachos nos mantuvo inquietos todo el viaje,  y por fin, al borde de la media noche, llegamos a nuestro destino y comenzamos a buscar nuestro hotel en medio de la lluvia dispuestos a descansar de un día ajetreado. Fueron pocas horas de sueño en realidad. A la mañana siguiente enrumbamos a Machu Picchu, la lluvia menuda nos prometía un ascenso tranquilo a la alguna vez secreta fortaleza, enclavada en la cima de una montaña junto al río Urubamba. Fue un espectáculo increible. Cuando iniciaron la contrucción de Machu Picchu, los Incas debieron tener en mente un lugar hermoso además de seguro. Aunque el clima nublado no nos permitió observar todo el valle, no era difícil imaginar la impresionante vista que se tiene kilómetros a la redonda desde esa altura. Las confusas flechas azules que habíamos visto en Pisac y Ollantaytambo también nos acompañaron en esta ocasión. Queríamos subir al Huayna Picchu para poder tener una vista completa de la fortaleza desde allí, ya era tarde para ingresar y el cupo de los 200 turistas permitidos por día ya se había alcanzado. Pero un poco de conversación y la oferta de -oh peruano de mi- un pequeño soborno al portero, nos abrió las puertas a la Montaña Joven. Trish había decidido no realizar la agotadora subida, así que optó por quedarse a esperarnos. Llegamos a la cima en menos de 40 minutos, todo un record creo, pero la prometida escena con Machu Picchu de fondo no se pudo realizar, las nubes nos cubrían todo el paisaje y la lluvia comenzó a hacerse cada vez más fuerte. Así y todo fueron breves minutos de descanso, rodeados de personas que habían llegado de otros países y que, como nosotros, ya tenían una historia que contar de su visita al Cusco. Una historia como la de la alucinante mariposa que se cruzó por nuestro camino de subida, sus alas que eran de un color claro se hacían multicolores al moverse y reflejar la luz del día en su superficie, nos dejaron pasmados por unos segundos, la estuvimos observando hasta desaparecer entre la maleza de la montaña, quien sabe si buscando a otros turistas desprevenidos como nosotros. Pasamos unos minutos más en la cima ella y yo, haciendo algunas fotos y tratando de tomar un respiro antes de comenzar el descenso. Solo nos quedaba emprender la vuelta, una vez más, debíamos apurarnos para llegar a tiempo a la estación y tomar el tren de regreso a Cusco.

la ciudad iluminada por el tungsteno

la ciudad iluminada por el tungsteno

Como dije, luego de la odisea de once horas y media, llegamos a Cusco muy cansados. Dormimos hasta el medio día, salimos a comer algo y a recorrer algunos lugares de la ciudad como la Iglesia de la Compañía ubicada en la misma Plaza de Armas, el barrio de San Blas y el Museo de Arte Contemporáneo. Cenamos en un restaurante irlandés e hicimos tiempo caminando un poco hasta que se hiciera la hora de volver al hotel y dormir. Nuestro vuelo a Lima salía muy temprano. Aún con el frío de la mañana, la ciudad empedrada estaba muy tranquila y el mal tiempo parecía haber amainado para que pudiéramos tomar nuestro avión sin problemas. Y así fue, tuvimos un regreso muy tranquilo. El sol de Lima nos recibió nuevamente. Seguramente Trish va a recordar y comentar este viaje por mucho tiempo, nosotros también y creo que a ella aún más.

MÁS FOTOS DE CUSCO, Y NUESTRA NAVE VA…

Huancaray, Andahuaylas, Apurimac, Perú

marzo 8, 2009

Diciembre, ganas de no pasar navidades en casa. Por algún tiempo había planeado conocer la tierra de mi abuela paterna, Huancaray, un humilde pueblo enclavado en las alturas de Andahuaylas, la tierra de José María Arguedas. Felizmente aún conservaba una pequeña porción de la familia de mi padre en Huancaray, un desconocido tío abuelo me iba a recibir en su casa por unos días, juez de paz, hombre respetado por los comuneros: Isaias Cárdenas.

casi todas las casas tienen estas cruces adornando sus techos

casi todas las casas tienen estas cruces adornando sus techos

22 de diciembre, dejo Lima para atravezar medio Perú hasta Apurímac, una de las regiones más pobres del país. La estación de lluvias había comenzado y el viaje se tornaba peligroso por momentos, los caminos podían variar de una bien asfaltada autopista hasta una trocha afirmada lindante con los abismos de nuestras montañas.

La historia de mi abuela siempre me tuvo intrigado. Ella contaba que a los ocho años su madre la mandó a trabajar a Lima donde vivian unos familiares. No la enviaron en camión o en alguna caravana de comerciantes. Hizo el camino a pie, atravezando cerros y campos, siguiendo a un hombre que se encargaba de llevar personas a la capital para conseguirles trabajo. Ocho años. Difícil de creer, pero esa era su historia; la verdad, no veo razón para pensar que esa historia fuera inventada.

Muchos años después y con mi abuela ya muerta llego a Huancaray, una ligera lluvia me acompaña en camino a la casa de mi tío. Las fiestas estaban por comenzar y los “Negritos de Huancaray” iban a alegrar como siempre las navidades. Grupos de danzantes pasean por las calles del pueblo en dirección a la plaza de armas, donde realizan acrobacias y muestran su respeto por las autoridades y patrones tutelares del pueblo.

José de la Riva Agüero menciona en sus “Paisajes Peruanos” a Huancaray y describe su llegada al pueblo: “Luego, por laderas verdes, recuestos pardos y rastrojeras de trigo, atravezando la cuesta de Huacoto, llegamos temprano al pueblo de Huancaray. Está en una garganta estrecha de alfalfares y alisos, regada por un riachuelo que se vierte en el Pampas…”. Si recuerdo algo realmente del pueblo, eso es el río, sonoro y cargado por las lluvias de la temporada, peligroso pero rico aún en peces. Recuerdo la tarde en que fui con mis recién conocidos primos a pescar diminutas truchas que nos sirvieron solo para un plato.

el bravo río huancaray

el bravo río Huancaray

En un cerro que domina el pueblo encontré un antiguo asentamiento inca, bien conservado y en el que se podían aún ver los huesos de los entierros en el interior de las chullpas. Se tiene una vista muy hermosa del valle desde estas ruinas. El paisaje me hizo pensar en la posibilidad de venir a vivir aquí en el futuro, habitar una casa pequeña junto al río, pasar un tiempo sembrando la tierra. Pero creo que soy demasiado citadino para eso, sería como un compromiso con fecha de caducidad. Así que viéndolo bien, solo me quedaba disfrutar de las vistas, el clima, la gente, el cielo, mi familia recién descubierta. Tenía la esperanza de llegar a Choquequirao, pero las lluvias iban a hacer imposible llegar. Pasé los últimos días gozando de las fiestas del pueblo y alimentando las ganas de visitar esa fortaleza algún día en el futuro. Ahora me doy cuenta que he sido un poco ingrato con mi familia apurimeña, casi no he sabido de ellos en estos últimos tiempos, es algo que tengo que resolver pronto. Mientras tanto solo tengo que seguir repasando estas fotos hasta que pueda volver.

GALERÍA DE FOTOS HUANCARAY, ANDAHUAYLAS, APURIMAC, PERÚ

Lachay, tan cerca

febrero 6, 2009

No dejen de pasar por Lachay.

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MÁS FOTOS DE LACHAY, TAN CERCA

Lachay, Km 105

febrero 6, 2009

Mucha gente sale de viaje siguiendo un programa, una serie de actividades armadas por ellos mismos o por una empresa. Otros viajan con la espectativa de encontrarse con algo inusual, y eso puede significar apartarse de los planes elaborados de antemano. A unos los llaman turistas, a otros viajeros.

Viajeros ha habido desde siempre, y el concepto de turista es relativamente más cercano a nuestro tiempo. Me imagino a muchos viajeros gastando caminos por el mundo, y al momento de volver a casa no poder explicar nada de lo que han podido ver sus ojos. También me puedo imaginar a otra persona haciendo un tour guiado junto a otros tantos turistas, y rescatando de su memoria cada lugar y gente con la que tuvo contacto en su breve travesía.

Yo prefiero no abusar de las etiquetas. Pienso que al final todo es cuestión de actitud, actitud como la manera en que quieres manejar la experiencia de viajar. Yo prefiero conjugar al viajero con el turista: me gusta conocer lugares y personas, como hacen los viajeros, aunque no pueda viajar por tanto tiempo ni tan lejos como ellos. Y me gusta divertirme y relajarme como lo hace un turista cualquiera, aunque no pueda costear tours guiados durante todo mi camino, siempre hay formas de hacer los recorridos que hacen los turistas por precios más cercanos a mi bolsillo.

juanjo: habla compadre, ¿nos vamos a Lachay este domingo?

el chamán: nada, ando recontra ocupado, demasiada chamba

juanjo: ¡mal!

el chamán: en serio, mucho trabajo pendiente y encima tengo que cuidar a mi hijo

juanjo: ¡remal!

el chamán: oe! soy padre de familia, macho proveedor, etc!

juanjo: ¡recontramal!

el chamán: mmm …ok, el domingo nos vemos en Fiori, 8:00 am. como no llegues te saco la mie….

juanjo: chévere, ahí nos veremos

El camino a Lachay. Siete Kms. desde la Panamericana

El camino a Lachay. Siete Kms. desde la Panamericana

Y así, con un poco de presión convencí a mi amigo Rodolfo –el chamán de los ratones– de hacer este viaje corto, menos que un viaje, más una simple salida para relajarse.

Aunque me gusta mucho conocer personas en mis salidas, realmente en la Reserva Nacional de Lachay -un lugar más bien aislado a pesar de su cercanía a Lima- tienes más oportunidades de disfrutar del paisaje, de ver el espectáculo de los cernícalos cazando a sus presas, o las nubes grises cargadas de humedad cubriendo las laderas de estas lomas alfombradas de verde entre agosto y diciembre.

Salimos, mi amigo Rodo y yo, un domingo cualquiera rumbo a las Lomas de Lachay, Km 105 de la Panamericana Norte. Era una fría mañana de setiembre en el terminal informal de Fiori, ubicado a un costado de la carretera,  la primavera aún tímida nos hizo llevar ropa de abrigo. Decenas de personas pugnaban por conseguir un sitio en los buses que iban al Norte Chico: Huacho, Chancay, Huaral, Barranca; o al Norte Grande: Ancash, La Libertad, Chiclayo, Piura. Todo al alcance de la mano desde este punto del cono norte de la ciudad, cruce de Tomás Valle con Panamericana Norte.

Lachay pelada

Lachay pelada, desnuda silueta

Una hora en bus conversando de lo que conversan los amigos de muchos años (o sea…), haciendo tiempo, viendo el paisaje que se iba transformando lentamente de la ciudad populosa al desierto interminable. Al bajar del bus, al filo de la carretera, no nos dimos cuenta que había que caminar varios kilómetros para llegar solo hasta la entrada de la Reserva. Casi 40 minutos de caminata, que tal vez fueron más gracias a nuestro andar pausado y nuestra conversación a veces interrumpida por un rápido disparo de las cámaras. Siete kilómetros después, llegamos por fin a la caseta de ingreso, pagamos nuestra entrada (no recuerdo exactamente cuanto nos costó el ticket de ingreso, creo que S/. 10.00 soles).

De allí nuevamente a caminar otro poco, deteniéndonos a tomar fotos de todo lo que se nos cruzara en el camino, desde los árboles pelados que flanquean el camino, hasta las aves cazadoras que tomaban un descanso antes de volver a emprender vuelo en busca de comida. En verdad era una delicia ver a mi amigo divertirse y dejar las preocupaciones del trabajo por un rato, ya quisiera yo tener menos tiempo libre y andar loco por las dead-lines.

A poco de encaminarnos al corazón de la Reserva, nos alcanzó una caravana extraña y ruidosa. Deceneas de motociclistas, rompiendo la calma del lugar con sus motos modernas, viejas y hasta un mototaxi, se convirtieron en nuestros compañeros de viaje por unos minutos. Felizmente la compañía motorizada solo pudo llegar hasta un un punto donde todo el mundo que viene con movilidad debe estacionarse y dejar sus vehículos. A partir de allí los visitantes deben decidirse por una de las tres rutas disponibles para recorrer Lachay, nosotros  tomamos el circuito más largo para conocer la Reserva (se pueden tomar tres caminos: el más corto que es el del Zorro, el de las Taras y el más largo: el circuito de la Perdiz).

Caminar y hacer planes, planear y caminar. Algunas cosas no se van a concretar, otras posiblemente, quien sabe. Descanzar cada cierto trecho, forzar la vista hasta perderse en el paisaje, incapaz de cubrirlo todo. Matices de verdes, grises, amarillos. Horas dedicadas al  solo placer de estar en un lugar donde no se estuvo antes, una visita postergada muchas veces, por muchos años. Una extraña nostalgia que se impregna en las fotos.

La Reserva de Lachay en toda su amplitud

La Reserva de Lachay en toda su amplitud

Trescientas fotos después ya se hacía hora de regresar. A desandar lo avanzado por la mañana. Esta vez el paso de los años te juega una mala pasada negrito, necesitas más bádminton para esa pierna, mi brother. Maldito problema no tener una 4×4, proletarios condenados a esperar mucho rato por un bus que nos lleve a Chancay y de allí otro a Lima.

La noche limeña nos encuentra en Los Olivos, la oferta de una nueva salida pronto, pronto, queda en el aire hasta mejores tiempos. Tengo que volver a ver esas fotos.

Setiembre 2008

De Pucallpa, sus fotos

enero 30, 2009

Una mirada a la ciudad de la tierra roja.

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MÁS FOTOS DE PUCALLPA, LA TIERRA ROJA

Pucallpa, la tierra roja.

enero 30, 2009

Cuando viajamos, lo hacemos para recordar. Recuerdas el lugar que dejaste no bien sales de allí y -a menos que sea un viaje sin boleto de regreso- sigues recordando cuando repasas los lugares que visitaste. Ves nuevamente cada foto que tomaste, tratas de rescatar de tu memoria las caras, voces, luces y sonidos que sentiste en un bar, en una calle, en la habitación de un hotel, en el camino de tierra que te lleva a un pueblito en medio de las montañas y en las aguas mansas de un río.

una porción del paisaje de la laguna Yarinacocha

una porción del paisaje de la laguna Yarinacocha

“No sé que pienses tú, pero en mi país diríamos que esto es muy del tercer mundo”, me señaló ella cuando avanzábamos hacia el embarcadero de la ciudad de Pucallpa. Me lo dijo en inglés para evitar que alguien de esta parte del mundo en desarrollo le pudiera entender.

Caminábamos por una calle terrosa y maloliente, rodeada de casas que eran a un mismo tiempo talleres, negocios, pequeños restaurantes, terrazas y bodegas al aire libre. Las personas que viven cerca al puerto deben hacerlo en condiciones muy difíciles, junto a las cloacas expuestas de sus casas, que van a parar a las aguas del río Ucayali.

Su comentario me dejó pensando en aquel alcalde que había tratado de cambiar el aspecto de esta zona cercana al puerto. No tuvo mejor idea que llenarla de cemento y levantando la torre de un reloj que se había parado puntualmente a las 4:23. Pero sólo había logrado remarcar ese contrapunto entre la ciudad de sus ilusiones y la Pucallpa real que se extiende desde su centro más moderno a las periferias empobrecidas.

Era mediados de Julio. Habíamos dejado Lima para pasar juntos nuestro último viaje. La humedad que llegaba hasta mi desde las orillas del río, me traía el perfume que le gustaba aplicarse en todo el cuerpo, el sonido quedo de su respiración, la mirada de mujer prendada que nunca pude igualar.

Buscábamos un bote que nos llevara a la Comunidad de Nuevo Ceylán, en el distrito de Masisea. Un amigo había visitado ese pequeño pueblo de nativos shipibos un par de años atrás y me sugirió hacer una escala allí. Abordamos un pequepeque lleno de gente y mercancías que iban a los puertos de la ribera del Ucayali, entre ellos el de Masisea. En realidad una pequeña cala desde la que este pueblo productor de papaya y otras frutas, lleva sus cosechas duramente trabajadas y mal pagadas a los mercados de las ciudades del Perú.

Durante el trayecto ella se quedó asombrada por la facilidad con la que los niños que viajaban con nosotros hacían sus necesidades, aferrándose a los costados del bote y directamente al río. Un espectáculo tan inusual para un extranjero debía ser moneda corriente para los colonos que viven en este rincón de la selva peruana.

El viaje duró poco más de tres horas. Las riberas del río Ucayali pasaban lentamente junto a nosotros, mientras que por el otro costado de la embarcación veíamos desfilar lanchas más grandes o pequeñas que la nuestra, avanzando y dejando su estela espumosa sobre las aguas cadenciosas del río. De vez en cuando podiamos ver la figura de un pescador solitario esperando q la red llena le devuelva el trabajo del día, o la silueta de un carguero de madera caoba que atravezaba el río a contraluz del intenso sol de la mañana.

El puerto de Masisea nos recibió en su pequeñez y apurado comercio. Tomamos un mototaxi hasta el pueblo ubicado a 20 minutos de distancia. A los lados del camino las plantaciones de papaya desfilaban cubriendo toda la extensión de nuestra vista. El ruido del mototaxi nos aturdía casi tanto como el sonido del motor del pequepeque, podíamos ver pequeñas lagartijas cruzando el camino espantadas por la velocidad de nuestro vehículo. Masisea es un lugar tan  apacible, su gente está todavía libre de los vicios de las ciudades grandes como Pucallpa o Lima. La calma del lugar se transfiere al andar pausado de la gente, en su forma de saludar a los extraños como nosotros.

Habíamos llegado dos días antes a Pucallpa. La sensación de calor que nos invadió en el aeropuerto nos persiguó todo el trayecto hasta el hotel, y nos mantuvo pegados al ventilador de la habitación todo nuestro primer día en la ciudad. Salimos eventualmente a cenar y dar un paseo durante la noche. Pucallpa es igual de briosa de día como de noche, el tránsito caótico y  los sonidos de la ciudad nos hicieron recordar a Lima. Los ruidos de los autos y mototaxis pasando por la calle del hotel me tuvieron despierto hasta el amanecer. Ella, que padece de una sordera muy pronunciada, dormía como la niña que me encantaba ver siempre como fondo en el escritorio de su laptop, una fotografía tomada por su madre muchos años atrás, en la que ella aparece dormida sobre su, también dormida, hermana mayor.

Ahora caminábamos por las calles sin asfaltar de Masisea y, bajo un sol abrasador, nos dimos cuenta de que las frutas que habíamos llevado como merienda se habían malogrado. Después de un rato de indecisión emprendimos camino hacia

Nuevo Ceylán, la comunidad de nativos shipibos a cinco minutos de Masisea. Deambulamos brevemente por el lugar, me dio la impresión de ser un pueblito habitado por pobladores amables aunque reservados. Los niños llegaban del colegio en mototaxis o caminando, se les notaba desconcertados ante nuestra presencia. En la comunidad se respira más calma que en el pueblo, y sólo el ruido de un veloz mototaxi rompe la quietud del entorno. Planeábamos quedarnos a dormir en Nuevo Ceylán, pero no pudimos encontrar un alojamiento que nos pudiera proteger de los mosquitos que salen por la noche. La perspectiva de dormir a la intemperie nos obligó a regresar a Masisea.

una vista de Masisea

camino a Nuevo Ceylán

Luego de buscar un poco nos quedamos en un hotelito muy barato, con un baño insalubre que ella no tardó en reprochar. Había comenzado a verme a mí mismo en sus palabras, como un peruano acostumbrado a ver la pobreza, el caos urbano y la peligrosidad de las calles como parte de la vida diaria. Ella tenía viviendo en el Perú casi un año, así que se había formado una idea de este país al que había llegado como estudiante. No había razón para sentirme incómodo por sus comentarios -que por otro lado tenían mucho fundamento- y por el contrario los había comenzado a apreciar. Con frecuencia conversábamos sobre el Perú y los Estados Unidos, podíamos tener puntos de vista similares o contrapuestos, y eso nos había terminado por acercarnos más. Verla caminar con su cabello recogido, queriendo guardar en sus memoria cada paso de este viaje me abrumaba un poco, yo trataba de no asumir todavía la proximidad del regreso a su país,  a sus estudios y a su familia.

Debo decir que tenía una razón más para hacer este viaje: quería conocer Pucallpa, la ciudad donde mis padres y cuatro de sus seis hijos mayores habían vivido por un tiempo. Tenía una idea de los lugares donde habian paseado, el cine donde acostumbraban ver  películas mis hermanos, la casa en la que se habían hospedado cuando Pucallpa era todavía una ciudad en formación. Corrían los años 70 y el gobierno militar alentaba las inversiones que podían hacer de la selva un polo productivo para el país. Mi padre llegó como empleado de una maderera, su trabajo era hacer que las máquinas funcionaran perfectamente. Abundan las anécdotas del paso de la familia por Pucallpa, tal vez tenga que escribir algo sobre este tema en el futuro.

Ahora paseo por el hotel y me percato de la presencia de unas sillas de grandes dimensiones emplazadas en la terraza. Me impresionan porque en casa, como un souvenir del tiempo de la familia en la selva, tenemos una versión en miniatura de estos muebles, una sillita de muy buena madera que ha acogido a los tres últimos hermanos y hermanas, además de los seis nietos… más de 30 años al servicio de los Rojas León.

Al caer la tarde, sentados en una banquita de la plaza de armas, pudimos ver a los colonos volviendo de sus chacras, agotados y presurosos por llegar a casa. Muchos venían con sus hijos e hijas mayores aún con los machetes en mano, conversando entre ellos del trabajo duro que quedaba por hacer para el siguiente día. La mayoría son adolescentes que tal vez siguen estudiando en el colegio, pero que tienen que dedicarse por muchas horas al trabajo en las chacras.

Masisea sólo tiene luz de 6 a 10 de la noche, o lo que dure el petróleo del generador. La vida nocturna en el pueblo se anima un poco con los bares y discotecas cercanos a la Plaza de Armas. Decidimos no salir y pasamos la noche en nuestra habitación diminuta. Tratamos de alargar el tiempo que a ella le restaba en Perú, pocos días después tendría que darle el último abrazo en el aeropuerto de Lima.

La mañana del último día en Masisea amaneció cubierta. Los bancos de nubes parecían no querer darnos la tranquilidad de pasear por el pueblo, pero con el paso de las horas el día se hizo hermoso y soleado. Los niños jugaban en las amplias calles o a la sombra de sus casas. Nosotros mientras tanto caminabamos en dirección a la Tahuampa, una obra del municipio destinada a proveer a los agricultores de la zona con semillas para sus chacras, y de la carne de los peces que crian en esta laguna artificial que será puesta en valor muy pronto, cuando los turistas se puedan alojar en el hospedaje que se construye allí.

El pequepeque de regreso a Pucallpa salía a las 10:00 de la mañana, pero la hora peruana señorea por estos lugares más que en otros pueblos del país y por fin logramos partir al mediodía. Al igual que en el viaje de ida, las personas aprovechan para colocar una hamaca atravesada a lo ancho de nave y, suspendidos en medio de la embarcación, toman una siesta por lo que dure el viaje. Yo también lo hago, recuesto mi cabeza en sus piernas, en un momento cierro los ojos y repaso todos los días que han pasado desde que la conocí en esa esquina de su barrio de Jesús María. La recuerdo acercándose timidamente con sus bellos ojos azules con chispitas de amarillo, dándome la mano y saludándome en español. La recuerdo divirtiéndose de lo lindo conmigo y sus amigos en una fiesta, en una discoteca o en un viaje. Le envidio los lugares en los que ha vivido: Inglaterra, Holanda, Sudáfrica y ahora el Perú. Ha pasado un año iluminandome con sus ganas de disfrutar la vida, con la pasión con que vive el amor (amor volado). Siento la brisa del río atravezando la embarcación y sus manos revolviendo mi cabello. Trato de recordar las visitas a su casa, me veo caminando hasta su habitación y la encuentro sonriéndome desde su silla, la veo poniéndose de pie y caminando hacia mí mientras llena el espacio entre ambos con ese aroma a frutas que siempre me encantó. Me abraza y escucho ese ronroneo en mis oidos: mmmmrrrrrrrrrrrrr,  con el que me despertaba por las mañanas, cabello enmarañado, sonrisa y abrazos frescos y tiernos. La nave se mece pausadamente y el calor de sus piernas en mi nuca me recuerda su piel joven, su aliento y su fuerza. En poco tiempo será una gran escritora, he sido el motivo de algunos de sus poemas, que raro es servir de inspiración para un artista. Tiene juventud, intuición, carácter, persistencia, belleza, desprendimiento y determinación. Es lo mejor que me ha podido pasar en mucho tiempo.

parque zoológico de Pucallpa

parque natural de Pucallpa

Pucallpa me despierta con su ruido de ciudad animosa, y su embarcadero caótico me devuelve a la realidad. Repetimos el hotel de Petita’s, repetimos el camino a los restaurantes cercanos a la plaza y los olores ofensivos de las calles, repetimos el cebiche de dorado y volvemos al conteo de las horas que nos quedan juntos.

En el último día de nuestro viaje visitamos el Parque Natural y Museo Regional de Pucallpa. Entrada: tres soles. Lentamente paseamos viendo a los pobres animales enjaulados y la imitación de paisaje selvático enclavado en las afueras de la ciudad. Una visión no muy distante de aquella que se puede ver a pocos kilómetros de distancia en Yarinacocha, una gran laguna con restaurantes, paseos en bote y un zoológico privado donde, días atrás, la fotografié  sosteniendo en sus brazos una anaconda. Su intención era tener la  réplica de una foto tomada hace cincuenta años en las islas Galápagos, en la que su entonces joven abuela sujeta una serpiente similar. Me pregunto si en otros 50 años otra mujer con su mismo nombre se tomará una foto parecida en algún lugar de las selvas del Asia.

Pasamos las horas finales de nuestro viaje paseando por las calles de la última ciudad en la que estuvimos solos. La veo comprando souvenirs para su regreso a casa y no puedo evitar sentirme celoso de todos aquellos que van a recibir esos regalos.

La cafetería del aeropuerto parece demasiado pequeña y la sala de espera exageradamente fría. Nuestro avión de regreso a Lima es tan estrecho y el vuelo de regreso interminable. Me doy cuenta de que voy a terminar recordando todo en cada color y matiz de las fotografías tomadas y en cada apunte de mi libreta. En cada línea y en cada espacio entre las líneas de este relato.

Julio, 2008 – Febrero, 2009.